Diversos estudios revelan que millones de trabajadoras domésticas, en su mayoría inmigrantes, enfrentan robo de salarios, jornadas excesivas, inseguridad alimentaria, amenazas migratorias y falta de contratos, mientras sostienen una parte muy esencial de la economía del cuidado en Estados Unidos.
Detrás de millones de hogares que necesitan salir a producir, esta fuerza laboral de mujeres limpia casas, cuida niños y acompaña adultos mayores. Sin embargo, para muchas de ellas, especialmente las inmigrantes, esa labor esencial está marcada por la precariedad, el miedo y los abusos.
Estudios recientes muestran una realidad preocupante. Miles de trabajadoras domésticas reportan salarios no pagos, jornadas laborales excesivas, ausencia de contratos escritos y amenazas relacionadas con su estatus migratorio. Algunas denuncian haber sido intimidadas con llamadas a las autoridades migratorias; otras aseguran haber sufrido acoso, explotación e incluso vigilancia constante dentro de los hogares donde trabajan.
Para entender la magnitud de lo que les hablo, hay que saber que detrás de la limpieza de hogares, el cuidado de niños y la atención de adultos mayores, según el análisis de la “Promulgación de la Carta de Derechos de los Trabajadores Domésticos” hecho por la Biblioteca Nacional de Medicina, hay una fuerza laboral doméstica mucho más grande de lo que muchos creen.
El estudio estima que entre 1,3 y 2 millones de personas trabajan como empleadas domésticas en Estados Unidos cada año. Esto convierte al sector en pieza clave de la economía del cuidado, aunque históricamente ha permanecido invisibilizado.
Las mujeres dominan el sector con más del 90 % (90,7%) de los trabajadores domésticos. Además, esta área de empleo tiene una fuerte presencia de minorías raciales y de inmigrantes. Aproximadamente el 22,4 % no son ciudadanos estadounidenses.
Una fuerza laboral atrapada entre la creciente demanda y la precariedad laboral
La paradoja es indiscutible. Mientras Estados Unidos enfrenta una creciente demanda de servicios de cuidado debido al envejecimiento de la población, quienes sostienen buena parte de esa economía continúan siendo uno de los grupos laborales más vulnerables del país.
Y es que los datos revelan que la problemática va mucho más allá de casos aislados. Informes elaborados por organizaciones de defensa laboral y centros de investigación muestran altos niveles de desempleo, subempleo e inseguridad alimentaria entre las trabajadoras domésticas. Al mismo tiempo, la falta de contratos formales y el temor a represalias migratorias dificultan la denuncia de abusos y el acceso a la justicia.
Muchas de estas mujeres provienen de México, El Salvador, Guatemala, República Dominicana, Honduras, Colombia, Haití y otros países de América Latina y el Caribe. Otras llegaron desde Filipinas, una comunidad históricamente vinculada al cuidado de adultos mayores y la asistencia domiciliaria. Ellas conforman una fuerza laboral que resulta indispensable para estados como California, Nueva York, Florida y Texas, donde la demanda de cuidados alcanza algunos de los niveles más altos del país.
Sin embargo, la pregunta que emerge de nuestra investigación es: ¿qué tan sostenible es una economía del cuidado que depende de millones de mujeres inmigrantes si, en muchos casos, trabajan sin contrato, con ingresos insuficientes y bajo la sombra constante del miedo a perderlo todo?
GRÁFICO 1 - Cifras que revelan la realidad del trabajo doméstico en EE. UU.
Un informe de la organización The Right to Freedom afirma que cientos de empleadas domésticas denuncian maltratos que van desde el robo de salarios hasta abusos sexuales.
La organización habló con cerca de 800 trabajadoras, el 51.4 % indicó que trabaja más de 50 horas a la semana, 9 de 10 que lo hacía sin contrato escrito y 1 de cada 5 afirmó haber sufrido alguna forma de abuso en el trabajo. Otras declararon sobre diferentes tipos de violencia o amenazas con entregarlas a inmigración.
Casi la mitad trabaja en la informalidad
Según el análisis de la “Promulgación de la Carta de Derechos de los Trabajadores Domésticos”, de la Biblioteca Nacional de Medicina, la informalidad continúa siendo una de las principales características del trabajo doméstico en Estados Unidos.
Este estudio encontró que el 43,8 % de las trabajadoras domésticas laboran bajo arreglos informales, una realidad que coincide con los hallazgos de The Right to Freedom, organización que reportó que nueve de cada diez trabajadoras carecen de un contrato escrito. Esta situación tiene profundas consecuencias: dificulta reclamar salarios no pagados, denunciar abusos laborales y demostrar la existencia de una relación de trabajo ante las autoridades o los tribunales.
Y es que este escenario no es producto del azar. Durante décadas, las trabajadoras domésticas quedaron excluidas de muchas de las protecciones laborales federales que sí beneficiaron a otros sectores de la fuerza laboral estadounidense. En ese contexto, las denuncias actuales sobre robo de salarios, jornadas excesivas, acoso o amenazas relacionadas con el estatus migratorio no son solo hechos aislados, sino más bien un problema estructural que se ha prolongado por generaciones.
Aunque la evidencia también muestra que las políticas públicas pueden marcar una diferencia. El estudio analizó el impacto de las llamadas Domestic Worker Bills of Rights, aprobadas en estados como California, Nueva York y Massachusetts, y concluyó que estas medidas contribuyeron a reducir las jornadas excesivas y el trabajo extra abusivo, sin afectar negativamente los ingresos de las trabajadoras.
A pesar de esto, el miedo migratorio sigue siendo un factor determinante, ya que muchas mujeres temen denunciar abusos por posibles represalias relacionadas con inmigración.
¿De qué países provienen las trabajadoras domésticas?
No existe un ranking oficial del gobierno estadounidense que publique el origen exacto de las trabajadoras domésticas. Sin embargo, al cruzar estudios de la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (NDWA), el Economic Policy Institute, investigaciones académicas e informes de organizaciones laborales en el sector, sí se puede construir uno con las nacionalidades que, históricamente, han tenido presencia en el trabajo doméstico estadounidense.
La mayoría de las trabajadoras domésticas en Estados Unidos son mujeres, inmigrantes y mujeres de color. El sector incluye niñeras, limpiadoras, cuidadoras de adultos mayores y asistentes domiciliarias.
El ranking de nacionalidades con mayor presencia histórica en el trabajo doméstico de EE. UU. es liderado por México, probablemente la nacionalidad más numerosa. Esto se debe a que es el mayor grupo inmigrante en Estados Unidos con una fuerte presencia en California, Texas, Arizona, Nevada, Illinois y Colorado.
Históricamente, las mujeres mexicanas han dominado sectores como limpieza residencial, mantenimiento de hogares y cuidado infantil. Gran parte de la economía del cuidado en el Oeste y Suroeste de Estados Unidos descansa sobre mujeres de esta nacionalidad.
El Salvador, también se destaca como una de las comunidades más visibles en trabajo doméstico. Diversas organizaciones de defensa laboral reportan una fuerte presencia de mujeres salvadoreñas en limpieza residencial y cuidado de personas mayores. A este país se le suma Guatemala, que ha crecido significativamente durante las últimas dos décadas.
Filipinas es quizás la comunidad más importante dentro del cuidado especializado. Las trabajadoras de esta nacionalidad tienen una presencia histórica en el cuidado de adultos mayores, asistencia domiciliaria y servicios de enfermería.
La migración filipina ha estado ligada durante décadas a profesiones de cuidado en Estados Unidos y otros países. Si se analiza únicamente el cuidado de adultos mayores y asistencia domiciliaria, este grupo aparece entre los más influyentes del sector.
Al analizar la composición de la fuerza laboral doméstica inmigrante en Estados Unidos, se pueden observar tres grandes bloques geográficos que han sido fundamentales para sostener la economía del cuidado. El primero mexicano-centroamericano que está conformado por trabajadoras provenientes de México, El Salvador, Guatemala y Honduras, cuya presencia es especialmente significativa en estados como California, Texas, Nevada y Arizona, así como en la región metropolitana de Washington D.C.
Un segundo bloque es el caribeño, integrado por mujeres originarias de República Dominicana, Jamaica y Haití, con una fuerte concentración en Nueva York, Nueva Jersey y Florida. En estos estados, donde existe una alta demanda de servicios domésticos y de cuidado, las trabajadoras caribeñas desempeñan un papel clave tanto en el mantenimiento de hogares como en la atención de niños y adultos mayores.
Por último, el bloque filipino que constituye un grupo con características particulares dentro del sector. Aunque su presencia numérica es menor que la de algunas comunidades latinoamericanas, tienen un peso considerable en el cuidado de adultos mayores, la asistencia domiciliaria especializada y otros servicios vinculados a la salud y el acompañamiento de personas dependientes.
GRÁFICO 2 - Nacionalidades más visibles en el trabajo doméstico inmigrante de EE.UU.
Los estados que más dependen de las trabajadoras domésticas inmigrantes
La relevancia de esta fuerza laboral se evidencia de manera particular en estados como California, Nueva York, Florida y Nueva Jersey. Estos territorios no solo concentran algunas de las mayores poblaciones inmigrantes del país, sino que también registran una alta demanda de cuidado infantil, asistencia para adultos mayores y servicios domésticos. En otras palabras, los mismos estados que más dependen de la economía del cuidado son también aquellos donde las trabajadoras inmigrantes tienen una presencia más importante.
Para comprender mejor esta realidad, apoyados en estudios de la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (NDWA), el Economic Policy Institute e informes académicos y de organizaciones laborales de este sector, desarrollé para esta investigación un Índice de Dependencia del Trabajo Doméstico Inmigrante, construido a partir de cuatro variables clave: la proporción de población inmigrante en cada estado, el tamaño estimado de la fuerza laboral doméstica, la participación de inmigrantes dentro de estas ocupaciones y la presencia de adultos mayores de 65 años, un grupo que genera una creciente demanda de servicios de asistencia y cuidado.
Los hallazgos permiten identificar distintos niveles de dependencia. California, Nueva York, Florida, Texas y Nueva Jersey encabezan la lista de estados con una dependencia muy alta de trabajadoras domésticas inmigrantes. Un segundo grupo, integrado por Massachusetts, Illinois, Maryland, Virginia, Washington, Connecticut, Nevada y Arizona, presenta una dependencia alta.
En contraste, gran parte del medio oeste y de los estados más rurales registran niveles considerablemente menores. Esta distribución revela que el debate sobre las trabajadoras domésticas no es únicamente una conversación sobre inmigración o derechos laborales; también es una discusión sobre quién sostiene la economía del cuidado en Estados Unidos y qué tan preparado está el país para responder a una demanda de cuidados que seguirá creciendo durante las próximas décadas.
GRÁFICO 3 - Estados que dependen más de las trabajadoras domésticas inmigrantes
GRÁFICO 4 - Categorías de dependencia de trabajadoras domésticas por estados
Otra radiografía preocupante: desempleo, pobreza e inseguridad alimentaria
Los hallazgos de The Right to Freedom no son una excepción. Un informe publicado reciente por la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (NDWA) refuerza la preocupación sobre las condiciones que enfrentan miles de mujeres dedicadas al cuidado infantil, la limpieza de hogares y la atención de adultos mayores en Estados Unidos.
El reporte concluye que muchas trabajadoras domésticas, especialmente las inmigrantes de habla hispana se encuentran atrapadas en una mezcla de desempleo, subempleo, pobreza, inseguridad alimentaria, deterioro de la salud mental y vulnerabilidad migratoria.
Uno de los datos más llamativos del estudio es la brecha que existe entre el mercado laboral general y la realidad que vive este sector. Mientras la tasa nacional de desempleo se ubicaba en 4.3 % en marzo de 2026, entre las trabajadoras domésticas hispanohablantes encuestadas alcanzó el 14 %. En otras palabras, enfrentan una crisis de empleo tres veces mayor al promedio nacional. Sin embargo, el problema va más allá de conseguir trabajo.
Más de la mitad de las trabajadoras consultadas reportó estar subempleada, es decir, tener menos horas de las que necesita para cubrir sus gastos básicos. Dos de cada tres señalaron que no logran conseguir suficientes clientes o empleadores para garantizar ingresos estables.
Las consecuencias de esta situación se reflejan directamente en la vida cotidiana. El informe encontró que el 82 % reportó inseguridad alimentaria reciente, el 59 % tiene dificultades para cubrir los gastos del hogar y el 52 % se ha atrasado en el pago de la renta o la hipoteca. Dicho de otra manera, ocho de cada diez trabajadoras domésticas enfrentan dificultades para comprar comida suficiente para ellas o sus familias.
La investigación también documenta el impacto emocional de esta realidad. Cerca de la mitad de las trabajadoras reportó indicadores de deterioro en su salud mental, un fenómeno que organizaciones de defensa laboral relacionan con la incertidumbre económica, el miedo a perder el empleo, el robo de salarios y, en muchos casos, las amenazas vinculadas al estatus migratorio.
Quizás uno de los hallazgos más preocupantes es que algunas trabajadoras están abandonando el sector. Entre quienes participaron en una encuesta complementaria, solo siete de cada diez habían tenido un empleo doméstico remunerado durante los tres meses anteriores, y entre quienes dejaron esta actividad, la mayoría no había logrado encontrar otro trabajo. Además, El informe también encontró que el 45 % gana 14 dólares por hora o menos en ciudades con alto costo de vida, como Nueva York, Los Ángeles, Miami o Washington, ingreso que suele ser insuficiente para cubrir vivienda, alimentación y transporte.
Para los investigadores, esta tendencia podría convertirse en una señal de alerta sobre el futuro de una fuerza laboral que resulta indispensable para el funcionamiento de la economía del cuidado en Estados Unidos.
Lo que deben saber las trabajadoras domésticas inmigrantes: estas son algunas alternativas que muchas desconocen
Una de las mayores preocupaciones para muchas trabajadoras domésticas es creer que, por estar indocumentadas o por haber sufrido abusos laborales, no existe ninguna posibilidad de regularizar su situación en Estados Unidos. Sin embargo, cada caso es diferente y, en algunos escenarios, las circunstancias de explotación, amenazas o delitos pueden abrir puertas a opciones migratorias que merecen ser evaluadas por un abogado de inmigración.
Por ejemplo, cuando una trabajadora ha sido víctima de ciertos delitos, como agresión física, violencia sexual, trata de personas, extorsión o algunos tipos de abuso laboral que involucren actividad criminal, podría existir la posibilidad de aplicar a una Visa U, siempre que haya cooperación con las autoridades en la investigación o persecución del delito.
De igual forma, en situaciones extremas donde exista trabajo forzado, servidumbre involuntaria o explotación grave, algunas víctimas podrían ser elegibles para una Visa T destinada a sobrevivientes de trata de personas.
También es importante recordar que el robo de salarios, las amenazas con llamar a ICE o los intentos de intimidar a una trabajadora por su situación migratoria no eliminan sus derechos. Aunque una denuncia laboral por sí sola no suele otorgar un estatus migratorio, la documentación de abusos, investigaciones gubernamentales o la participación como víctima o testigo en determinados procesos pueden convertirse en elementos relevantes dentro de una estrategia migratoria más amplia.
Para quienes tienen familiares ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes, las opciones de ajuste migratorio existen independientemente de que trabajen en el sector doméstico. Un matrimonio legítimo con un ciudadano estadounidense, hijos ciudadanos mayores de 21 años o determinadas peticiones familiares podrían abrir caminos hacia la residencia permanente, aunque la viabilidad dependerá de factores como la forma de ingreso al país, antecedentes migratorios y tiempo de permanencia en Estados Unidos.
Mi consejo es documentar todo. Contratos, mensajes de texto, registros de pagos, fotografías, horarios de trabajo, correos electrónicos y cualquier evidencia de amenazas o abusos que puedan resultar fundamentales tanto para defender derechos laborales como para evaluar posibles alternativas migratorias. En muchos casos, la diferencia entre tener o no una opción legal puede depender de la existencia de pruebas que acrediten lo que ocurrió.
Ninguna trabajadora debería asumir que no tiene alternativas únicamente por carecer de estatus migratorio. Cada año, miles de inmigrantes obtienen algún tipo de alivio migratorio después de consultar con profesionales calificados que identifican opciones que inicialmente parecían inexistentes. Por eso, antes de tomar decisiones precipitadas o actuar por miedo, es fundamental buscar asesoría legal y conocer exactamente cuáles son los derechos y oportunidades que están disponibles.
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