Durante décadas, cruzar la frontera entre México y Estados Unidos fue para miles de migrantes una decisión marcada por el riesgo extremo: el desierto, la sed, la violencia y la muerte. Hoy, aunque las cifras de cruces irregulares han caído a mínimos históricos, la migración no ha desaparecido. Ha cambiado de forma. 

El miedo ya no está solo en el desierto, sino en la espera, en los procesos migratorios inciertos, en las detenciones, en las deportaciones aceleradas y en un sistema cada vez más restrictivo. Y en medio de ese nuevo escenario, muchos migrantes siguen sintiendo que no caminan solos. 

Para miles de mexicanos, esa compañía tiene nombre: Santo Toribio Romo, conocido popularmente como el santo de los migrantes. 

¿Quién fue Santo Toribio Romo? 

Toribio Romo González nació en 1900 en Jalostotitlán, Jalisco, y fue ordenado sacerdote en uno de los periodos más violentos para la Iglesia católica en México. Durante la Guerra Cristera (1926–1929), ejerció su ministerio de forma clandestina hasta que fue asesinado por fuerzas federales en 1928, a los 28 años. 

Décadas después, fue reconocido como mártir y canonizado en el año 2000 por el papa Juan Pablo II. 

¿Por qué se convirtió en el “santo de los migrantes”? 

Su vínculo con la migración no nace de una proclamación oficial, sino de la devoción popular. Desde los años noventa comenzaron a circular testimonios de migrantes que afirmaban haber recibido ayuda durante su cruce hacia Estados Unidos. 

Relatos repetidos hablan de un sacerdote joven que aparece en el desierto para dar agua, orientar el camino o advertir sobre peligros y retenes. Tras sobrevivir, muchos aseguran haber reconocido su rostro en estampas o imágenes de iglesias, identificándolo como Santo Toribio. 

La Iglesia no ha validado estos relatos como milagros, pero sí forman parte de crónicas periodísticas y estudios sobre religiosidad popular en comunidades migrantes. 

Migración, fe y frontera en un nuevo contexto 

Hoy, cuando los cruces fronterizos han disminuido drásticamente por el endurecimiento de las políticas migratorias, la figura de Santo Toribio sigue vigente, pero con un significado ampliado. Ya no representa solo protección en el desierto, sino acompañamiento en la incertidumbre: audiencias en corte, detenciones, procesos largos, separaciones familiares y el temor constante a la deportación. 

Su santuario en Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, se ha convertido en un punto de encuentro para migrantes que regresan desde California, Texas o Illinois. Allí dejan cartas, fotografías, mochilas, botellas de agua y mensajes escritos en spanglish, como testimonio de una fe que cruza fronteras, incluso, cuando las fronteras se cierran. 

Más allá de los milagros, Santo Toribio encarna algo profundamente humano: la necesidad de no sentirse solo cuando el sistema se vuelve hostil. En un tiempo en que la migración se mide en cifras, muros y discursos políticos, su figura recuerda que detrás de cada número hay miedo, esperanza y resistencia. 

En la migración de hoy, Santo Toribio sigue siendo, para muchos, un símbolo de protección cuando todo parece incierto.